En primera persona: diario de cuarentena de Nicole Coiscou

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La vulnerabilidad llegó como lo hizo el virus, sin previo aviso. Sin prepararla para lo que se avecinaría, uno de los enfrentamientos más duros que puede vivir una persona, la confrontación consigo misma, separar lo que es de lo que dice ser, lo que quiere de lo que no… 

Por Nicole Coiscou Foto Fuente externa 

“Yo no quiero ser esa persona, pero sí soy, soy esa persona,” lloré, sentada al borde de mi cama mientras hablaba por videollamada con mi pareja. El aislamiento ha sido para mí como una montaña rusa de emociones. Al iniciar la cuarentena, nunca pensé que me encontraría con tanta desesperación como la que expresaba en esa llamada. Cuando inició el confinamiento yo era Miss Cuarentena. Me despertaba temprano, desayunaba saludable, me vestía lindo, me sentaba a tener videollamadas de trabajo y planear proyectos, y en la noche me entretenía viendo los en vivos de mis amistades.

Unas semanas atrás, eso cambió. Extendieron las medidas y fue como una bofetada dejándome saber que no había forma de volver a mi vida ‘de antes’. De repente ya no tenía sentido pararme de la cama, o vestirme lindo, o trabajar en nada. Solo tenía sentido ver series, llorar, y sentirme devastada. Vi las cuatro temporadas de La Casa de Papel en cuatro días y creo que eso tampoco ayudó con mi tristeza. 

Decidí no culparme por darme los permisos que mi alma necesitaba y, a la vez, hacer cosas que antes casi nunca hacía. Comencé a meditar todas las mañanas, volví a ejercitarme y a hornear. En vez de trabajar todo el día, comencé a buscar videos de autoayuda y a hablar de mis sentimientos con mi pareja. Con el miedo que trae enfrentarse después de haberte escondido de ti mismo por tanto tiempo, entré con linterna a confrontar mi oscuridad. 

Compartí por primera vez con personas que amo el hábito tóxico que tenía toda mi vida destruyendo mi autoestima, lo que me convierte en la persona que no quiere ser, la comparación. Se había vuelto casi una adicción en secreto para mi, en lo personal y lo profesional. Al escuchar el nombre de alguien, pero mayormente otra mujer, hacía en mi cabeza de forma casi impulsiva una lista de atributos. “Ella tiene mejor cuerpo, pero mi cara es más linda.” “Ella es muy carismática, pero mi carrera está en un mejor lugar.” Me encontraba constantemente buscando razones para no sentirme intimidada por las demás, para sentirme suficientemente valiosa para permanecer.

Lo que mi mente me dice va en contra de todo lo que creo y proclamo, y por eso se había convertido en mi mayor secreto. Pero al negarlo una y otra vez, mientras seguía buscando material en Instagram para incluir en mi lista mental, lo alimenté y creció. Creció tanto que me llenó de inseguridades y me hizo, aún en mis mejores momentos, encontrar razones para desconfiar de mi felicidad. Me averguenzo solo de pensar en todas las veces que dejé de ver la belleza de otras para no desmoronarme, pero, peor aún, lamento todas las veces que no pude ver la divinidad que existe en mi. 

Este tiempo me ha servido para crear nuevos hábitos que espero poco a poco sustituyan a los viejos. He empezado a practicar afirmaciones. Todos los días me paro frente al espejo con la menor cantidad de ropa posible y me leo en voz alta: “Yo soy única e irremplazable. Yo puedo sentir amor por todes. Yo voy a escoger mi paz sobre cualquier miedo.” He limitado mi tiempo en las redes sociales y empezado un momento de pausa todos los días de 4 a 6pm en el que no utilizó nada que no sean llamadas. Una amiga psicóloga me recomendó hacer dos notas en mi celular: una donde recolecto cinco comentarios positivos de mí que hayan dicho cada uno de mis seres queridos, y otra donde enlisto logros personales y profesionales. 

Sé que el cambio no será instantáneo. Es probable que la cuarentena termine y el progreso no sea tanto, pero la lección es duradera. 

La persona que quiero ser es vulnerable, amorosa, saludable, empática , y, sobre todo, infinita. 

Aún cuando todo esto termine te prometo a ti, mujer en la que me quiero convertir, que nunca dejaré de buscarte. Gracias, cuarentena, por todo lo que viniste a mostrarme. 

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