¡Qué no panda el cúnico!

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En la solastalgia muchos han encontrado el consuelo anhelado, al ver respaldado su temor ante el cambio climático, que hoy más que nunca nos sacude con gran fuerza. Descubre si tú encajas en el “diagnóstico”.

Texto Leandro A. Sánchez  Ilustración Jess Rodrigues

 

Nos resulta muy gracioso el título de este reportaje, sobre todo porque es imposible no recordar de inmediato al Chapulín Colorado, que solía aconsejar con esta frase a los demás, en situaciones peligrosas o difíciles, sin saber que su propio temor lo movía a este popular cambio de sílabas de la expresión “Que no cunda el pánico”. Y es que en situaciones de miedo, fácilmente caemos en la desesperación e irracionalidad.

¿Quién no recuerda la pasada sequía que azotó a nuestra nación en el 2019 debido a la falta de lluvias? Los niveles de agua en las presas y sistemas de acueductos comenzaron a disminuir considerablemente, lo que obligó a las autoridades competentes a activar un plan que permitiera racionar el servicio, a fin de que la ciudadanía no se quedara sin el preciado líquido. Fueron muchos los que entraron en pánico… Precisamente a esta sensación de angustia, estrés mental o existencial causado por el cambio ambiental, es lo que en nuestros días se conoce como solastalgia, término acuñado por el filósofo australiano Glenn Albrecht en el año 2005, compuesto por la palabra latina solacium (comodidad) y la raíz griega algia (dolor). Para Albercht, “solastalgia es cuando tu sentido endémico de pertenencia está siendo violado; es ese sentimiento que te invade cuando notas que tu entorno está cambiando y no puedes hacer nada para detenerlo”. Agrega que es lo que sientes cuando las casas de tu sector, que solían albergar familias, se vuelven comercios y oficinas; cuando el bosque en el que jugabas se incendia o pavimentan aquel parque y lo vuelven un estacionamiento”.

Pero es aún más profundo. Los realmente afectados son quienes ven destruidos sus espacios vitales a causa de fenómenos naturales. De ahí que el término diera nombre, por ejemplo, a lo que padecen los damnificados por desastres, y sea útil en investigaciones como las de sus efectos en las personas, lejos de lo material (renovable o no), al abarcar sentimientos como profunda inquietud, melancolía, estrés, ataques de pánico o malestar general. Cabe destacar que este fenómeno se produce, casi siempre, por el estilo de vida que promueve la era postindustrial, así como el alejamiento y desconexión del ser humano con respecto a la naturaleza, los ritmos naturales regidos por la luz del sol o el contacto con el resto de la flora y fauna a la que también pertenece, sin miedo a equivocarnos.

Cómo nos impacta. Sequía, incendios forestales, basura y edificación constante del territorio serían ejemplos de situaciones que provocan solastalgia. “Una de las razones por las cuales resulta interesante tratar este tema es porque estamos en medio de una ‘pandemia’ de angustia, relacionada con el destino del planeta Tierra, que tiende a empeorar a medida que se consolida el modelo de desarrollo imperante”, manifiesta la psicóloga clínica Edelmira Torres, quien además sostiene que ante esto también resulta oportuno el ayudar a modificar los patrones  de conducta de la población para así poder frenar el avance de esta crisis medioambiental y generar esperanza, sobre todo porque adicional a los efectos negativos a nivel psicológico, guarda relación con otras patologías importantes, como es el caso de la obesidad, las enfermedades respiratorias, los problemas para dormir o la falta de vitamina D, al no exponernos a los beneficios de los rayos del sol.

Ligada de una y otra forma al estrés postraumático, en el caso de ciclones o terremotos, por ejemplo, al ser fenómenos extremos que se cobran vidas y obligan a la población a desplazarse, la especialista de la salud recomienda ante dichos sucesos una atención individual, pero también abordar el problema de manera grupal, que se trabaje con las comunidades afectadas, especialmente si viven en zonas de riesgo, ya que esto crea un constante estrés y de una u otra forma se sienten sumamente vulnerables.

No todos estamos consientes. Negar el cambio climático también es una posibilidad. Esto podría darse especialmente en los habitantes de zonas templadas, donde los riesgos, aunque existen, no son tan evidentes, a su entender. “Son quienes minimizan la situación y les resulta más cómodo seguir igual, como si nada pasara. Pero además surge lo que en psicología se denomina indefensión aprendida: considerar que el problema no depende de mí y atribuyo a otros la responsabilidad, bien sea a los poderes públicos, a las empresas o hacia quienes tienen carros y contaminan, por ejemplo, y hagan lo que hagan dará igual porque no sirve para nada”, indica la experta.

A fin de cuentas, aunque no es una enfermedad ni un síndrome como tal, el ideador del concepto llegó a la conclusión de que, “a raíz del desarrollo urbano, el ser humano ha ido cambiando sus hábitos, apartándose cada vez más del medioambiente. Y este progreso imparable de la civilización ha desencadenado una serie de enfermedades físicas y mentales relacionadas con el sedentarismo, la alimentación envasada y la falta total de contacto con la naturaleza”, que sin duda alguna repercutirá fuertemente en la raza humana.

No es noticia que el clima se relaciona directamente con el estado de ánimo de las personas. Por eso no resulta extraño que el cambio climático puede traer consigo frustración, desmotivación, y en los casos más agudos, ansiedad y depresión… en respuesta a la problemática. Un claro ejemplo es el caso de la joven activista sueca Greta Thunberg, quien a sus 11 años cayó enferma, atormentada por las amenazas que el calentamiento global entraña. Tras su recuperación se ha convertido en una activista fundamental.

 

 

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