Desarrolla la empatía

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Texto Leandro A. Sánchez  Ilustración Mary Long

Por qué negarlo: en algún momento de nuestras vidas nos hemos sentido incomprendidos o poco respaldados, especialmente por los nuestros. Esperamos que en ese instante nos brinden el consuelo deseado, la sonrisa anhelada, el apoyo buscado. Pero no, su indiferencia ante nuestra situación pesa mucho más. Nos duele… Y qué decir de aquellos que apenas conocemos o con los que sostenemos relaciones meramente laborales. Pueden llegar a ser muy duros.

Ante esta realidad nos preguntamos qué le pasa a la humanidad. Por los síntomas podríamos llegar a la conclusión que es falta de empatía, de ponerse en el zapatos del otro y no juzgar tan a la ligera como nos hemos acostumbrado, especialmente gracias al “súper poder” que han otorgado las redes sociales en el siglo XXI; allí el desborde es el denominador común.

Por ejemplo, estudiemos el caso de Alejandra, quien en días pasados, emocionada le contaba a su mejor amiga que finalmente había decidido ir a solicitar su visado americano, quien de buenas a primeras le dice que mejor ni se atreva, pues por su perfil (soltera y sin nada que la ate al país), seguramente la rechazarían.

Sin duda alguna, un fallo empático, a pesar de tener la mejor de las intenciones. Porque esa amiga preocupada no estaba captando lo que Alejandra sentía, sino que expresaba su realidad, por lo que no se atrevía tampoco a pedir visa. “Es lo que llamamos empatía proyectada, la que nos hace pensar que la persona que tenemos enfrente está experimentando lo que nosotros sentiríamos si estuviéramos en sus circunstancias”, explica el psicólogo y coach de bienestar emocional, Juan Isidro Volquez. Para él, lo ideal sería aplicar lo contrario, la empatía auténtica, ya que “nos permite percibir con precisión lo que la otra persona siente, para poder acompañarla en el proceso”; habilidad fundamental para que nuestras relaciones funcionen.

Luis Moya, autor de La empatía: entenderla para entender a los demás (Editorial Plataforma Actual, 2013), entiende que “la empatía es la capacidad fundamental para desenvolvernos de forma adecuada en la sociedad. Nos permite entender mejor a los otros y nos ayuda a alcanzar tanto el éxito personal, en las relaciones con la familia y los amigos, como el profesional, favoreciendo que seamos más sensibles a las necesidades y deseos de aquellos con los que trabajamos”. Algo totalmente cierto. Por eso no resulta extraño que las personas empáticas tengan mayor probabilidad de ser más felices. De hecho, Moya manifiesta en su texto que “la educación en empatía es el camino hacia la no violencia porque favorece la tolerancia, la convivencia, el respeto y la solidaridad”. Sin embargo, parece ser un tema prácticamente inexplorado.

 Hora de entrenarla

Empatía, entre otras cosas, es sinónimo de escucha activa, comprensión y apoyo emocional. Además, “implica tener la capacidad suficiente para diferenciar entre los estados afectivos de los demás y la habilidad para actuar en consecuencia”, añade Volquez, nuestro entrevistado, quien tras sus sesiones de coaching ha llegado a la conclusión de que no todo el mundo es igual de empático, e incluso existen personas que carecen por completo de esta capacidad.

Entonces, ¿qué necesitamos o debemos hacer para ser más empáticos?  El especialista cita algunas ideas:

1 Saber escuchar. Se debe prestar atención a lo que explica o argumenta la otra persona. Además, no interrumpir el discurso verbal, mirar a la cara y mostrar interés preguntando detalles sobre el contenido de la conversación.

2 Interpretar las señales no verbales. Comprender los mensajes transmitidos de carácter paralingüístico, tales como la entonación, el tiempo de respuesta, el volumen… que se corresponden con el estado de ánimo que se verbalice.

3 Mostrar comprensión. A través de frases como “Comprendo que actuaras así”, “Entiendo cómo te sientes” y “La verdad es que debiste pasarlo genial”.

4 Prestar ayuda emocional, si es necesario. Preguntar siempre si necesita algún tipo de ayuda, aunque con el simple hecho de escuchar activamente al otro le permitimos “ventilar” y gestionar su estado emocional. Cuando la persona que escucha empáticamente ha vivido una situación emocional semejante a la que se está expresando, el proceso comunicativo es más fluido, ya que se produce una mayor sintonía emocional.

Ponerse en la piel de los demás 

Sabemos que algunas personas pueden expresar más fácil sus sentimientos. A otras, su incapacidad los lleva incluso a considerarse carentes de éstos. De ahí que Peter Sifneos, psiquiatra de la prestigiosa Universidad de Harvard (Estados Unidos), acuñó el término “alexitimia”, que se compone del prefijo a (sin), junto a los vocablos lexis (palabra) y thymos (emoción), refiriéndose entonces a la incapacidad de expresar con palabras sus propias vivencias.

“No es que los alexitímicos no sientan, simplemente carecen de la capacidad fundamental para identificar, comprender y expresar sus emociones. Esto los lleva a ser personas planas y aburridas, quejarse de problemas clínicos difusos y confundir el sufrimiento emocional con el dolor físico”, explica Daniel Goleman en su libro Inteligencia emocional (Bantam Books, 1995). Pero el efecto negativo de esta condición sobrepasa el ámbito privado, pues la conciencia de sí mismo es la facultad sobre la que se erige la empatía. “Al no tener la menor idea de lo que sienten, los alexitímicos se encuentran completamente desorientados con respecto a los sentimientos de quienes les rodean”, explica.

Por otro lado, resulta oportuno destacar que el la palabra empatía proviene del griego empatheia, que significa “sentir dentro”, y denota el percibir la experiencia subjetiva de otra persona. Tomando esto como punto de partida, el psicólogo británico establecido en Norteamerica, Edward Titchene, amplió el alcance del término para referirse al tipo de imitación física que realiza una persona frente al sufrimiento ajeno, con el objetivo de evocar idénticas sensaciones en sí misma. Por eso no resulta extraño que esta habilidad se identifique desde edades muy tempranas, como en niños de nueve meses de edad que lloran cuando ven a otro caerse o que ofrecen su peluche a quien está llorando, lo cual ha sido considerado por algunos como el primer antecedente de la empatía.

Consecuencias graves

La ausencia de empatía suele ser un rasgo distintivo de quienes cometen acciones fatales: psicópatas, violadores y pederastas. “La incapacidad de estos sujetos para percibir el sufrimiento de los demás les infunde el valor necesario para llevar a cabo sus delitos, que muchas veces justifican con mentiras inventadas por ellos mismos, como cuando un violador sostiene que su víctima lo ha incitado al sexo por la forma en que iba vestida”, manifiesta Titchene.

Por una respuesta más empática

No se trata de lo que sentirías, sino lo que captas que siente el otro ante determinada situación. Esa es la base de la empatía auténtica. El psicólogo americano Paul Ekman, pionero en el estudio de las emociones y su expresión facial, identificó siete emociones básicas: alegría, tristeza, sorpresa, miedo, repugnancia, desprecio y enfado, cuatro de ellas muy presentes en nuestras relaciones y que precisan una respuesta empática muy distinta, como detalla a continuación:

Alegría. Lo oportuno sería sumarnos a ella, compartir la expresión animada. Por ningún motivo manifestar frialdad o distancia.

Tristeza. Acompañarla desde la presencia es muchas veces la mejor respuesta, pues dicho sentimiento pide pocas palabras y muchos gestos. No ayuda relativizar la situación.

Miedo. Negarlo no sirve de nada. Proporcionar seguridad sería la mejor solución para vencerlo.

Enfado. Esperar a que baje la intensidad emocional será clave, no querer hacer entrar en razón al otro.