Inteligencia emocional, una materia en casa

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Por Alexandra G. Roca Foto principal Evgeny Atamanenko

La experiencia de vida el paso de los años, el estudio del comportamiento humano y la autoevaluación, nos ha permitido entender que más allá de la inteligencia académica o de las ocho inteligencias establecidas por Howard Gardner (lingüística, lógico-matemática, musical, intrapersonal, espacial, corporal y cinestésica, interpersonal y naturalista), existe un tipo que resulta vital para nuestro crecimiento, que se puede ir desarrollando en vista de alcanzar la felicidad plena en nuestro paso por la vida. El profesor, psicólogo y periodista norteamericano, Daniel Goleman, la denominó inteligencia emocional, y consiste en identificar, interiorizar y razonar nuestras emociones para que éstas no primen de forma negativa en quienes somos, lo que hacemos y cómo nos relacionamos.

La inteligencia emocional permite afrontar los retos, aprender a aprender y entender que con esfuerzo y práctica podemos lograr lo que parecía imposible. Y si bien no la imparten como una materia en la escuela, como padres, se tiene el rol de familiarizar a los hijos y educarlos sobre ella para que puedan conectar con sus emociones, gestionarlas, controlar los impulsos y superar las frustraciones.

La psicóloga clínica de la salud y bienestar emocional, Priscilla Montero, explica que “la inteligencia emocional es la capacidad de conocernos, sobre todo, de identificar nuestras emociones, el significado de ellas y ver de qué manera funciona con nosotros y con nuestro exterior. No nacemos con ella; lo emocional es parte de nosotros pero la parte de funcionar de manera inteligente, emocionalmente requiere de aprendizaje, y este viene desde el hogar, sobre todo de parte del modelado de nuestros padres y cuidadores”.

¿La razón domina la pasión?

No es de ahora. Descartes y David Hume tenían posturas muy firmes ante qué debía dominar el pensar y el accionar del hombre.

“La razón es, y sólo debe ser, esclava de las pasiones, y no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas”, establecía Hume. Y al hablar de esto, hacía referencia a las emociones e impulsos. Sin embargo, Descartes planteaba lo que el psicólogo y periodisya Daniel Goleman patentó como “inteligencia emocional”. Y es que las pasiones no debían evitarse a menos que fueran negativas o en exceso; el objetivo era serenarlas con el razonamiento humano.

Montero establece que la razón y la pasión no deben estar una sobre el dominio de la otra. El tener inteligencia emocional, que sería el balance entre ambas, implica entendernos para luego decidir y accionar; ser capaces de ver la emoción como un aviso.

“El buen desempeño de un niño en la escuela depende del más básico de todos los conocimientos: cómo aprender. Se han descubierto siete ingredientes cruciales relacionados con la inteligencia emocional: confianza en sí mismo y en los demás, curiosidad, intencionalidad (el deseo de tener un impacto), autocontrol, conexión con los demás, capacidad de comunicar y habilidad de cooperar con los demás”, afirma Daniel Goleman.

 

Inculcando el balance

El objetivo es lograr que desde pequeños, los seres humanos aprendan a entender sus emociones, las causas de las mismas, y disminuir las acciones impulsivas… ¡el trabajo empieza en casa!

Los niños son el reflejo de su entorno, de la convivencia en el hogar, la dinámica de pareja y el trato de los mayores para con ellos. Uno de los puntos claves es aprender a expresar las emociones de manera asertiva.

“Nos hemos encargado de responder el típico ‘estoy bien’, ‘estoy mal’, sin agregar más. Niños y adultos necesitan buscar el significado de ‘bien’ y ‘mal’ para realmente entenderse a ellos y a los demás. Parte de ser emocionalmente inteligentes es tener la libertad de identificar lo que siento sin justificación alguna y luego tener la libertad de expresarlo. Cuando le pongo nombre a mi sentir y lo expreso, entonces voy creando mis límites internos donde estoy pidiendo respeto y tolerancia ante lo que estoy experimentando internamente. Esto es parte de lo que llamamos regularnos emocionalmente, señala la experta.

 

“La infancia y la adolescencia constituyen una auténtica oportunidad para asimilar los hábitos emocionales fundamentales que gobernarán el resto de nuestras vidas”, Daniel Goleman

 

No existe incorrecto

Las emociones simplemente son, no existe bien y mal a la hora de sentir ira, tristeza, frustración ni felicidad… Lo que sí se puede condenar es cómo se actúa ante el sentimiento. Montero explica que desde pequeños recibimos comentarios como “No te puedes sentir así porque” o “No tienes razón para sentirte así”, mezclando la razón con el sentir, sin tener en cuenta que las percepciones y vivencias de cada quien son distintas.

La inteligencia emocional se va construyendo, pero también se va manteniendo con nuestro cuidado interno. Los padres le pueden enseñar a sus hijos a escuchar esa voz interna y a externar lo que sienten. Esto les dará un poder de autocontrol, seguridad y empuje. Las derrotas serán menos dolorosas y no parecerán imposibles de superar; las relaciones interpersonales serán basadas en la empatía y el respeto; el desempeño escolar será más elevado pues estarán más enfocados y serán más productivos.

 Ser inteligentes emocionalmente implica…

…que podamos entender nuestras emociones.

…que regulemos o manejemos nuestras emociones.

…tener motivación.

…tener empatía.

Priscilla Montero Torres, Psicóloga clínica de salud y Bienestar emocional (@Bienestarintegral.rd)