#RecordandoaMartha Alguien me espera

Fecha

, Columnas

De niña aprendí de memoria la cancioncita aquella “no digamos jamás la mentira…”. Y bajo ese lema traté de regir mis días hasta que, la vida me enfrentó a motivos y razones adultos que me hicieron quebrantar aquel mandamiento que yo misma me había impuesto. Pasé, entonces, a formar parte de ese grupo de personas que “canta” una cosa, y en realidad hace otra. Mentí. Y no me arrepiento de haberlo hecho. Es más, mentiría de nuevo si Marcos volviera a hacer lo que hizo. Él fue mi intento sentimental número 203, y de él estuve tan cerca de enamorarme que hasta pensé en la posibilidad de tener un hijo que heredara sus bienes y su nombre. Más de una vez se le oyó decir que me amaba “con locura y adoración”, pero un pequeño inconveniente que, en principio, consideré intrascendente, impidió que terminara de enamorarme y me puso en la tarea de buscar otro nombre para mi hijo. Supe que el “inconveniente” no era tan pequeño como pensaba, cuando dos meses y medio más tarde leí en el periódico el anuncio de su boda. Pero el problema no fue cuando se casó, sino lo que pasó 10 meses después de haberlo hecho. “Me divorcie”, me dijo aquel día en que se presentó a mi puerta con una sonrisa de oreja a oreja, como si fuera a anunciar el acontecimiento del siglo. Procedí a echar mano a una respuesta rápida, que no parece propia de la misma persona que creció al amparo de aquella aleccionadora canción infantil. “Me caso el sábado”. Se quedó pálido y sin palabras. Y para rematar, desde la sala, dije dirigiéndome a un plomero de confianza que reparaba mi baño: “ya voy”. Y él, sin conocer mi plan, inconscientemente se prestó a mi juego, respondiendo: No te preocupes, yo espero”. Pícaramente, me encogí de hombros, miré a Marcos como pidiéndole disculpas, y le dije: “Lo siento, alguien me espera”. Cerré la puerta antes de que se saliera de mi baño el hombre rudo, con una completa exhibición de llaves, tuercas y tornillos.

Junio 10, 2005 / Edición No. 58