#TBT Terriblemente enfermo

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Por Martha Sepúlveda / Edición 26 / Marzo 19, 2004

Cuando escuché la noticia sentí por él verdadera lástima y un profundo sentimiento de solidaridad, como el que siento frente a cualquier persona que se encuentre circunstancial o prolongadamente enfermo. Porque él estaba enfermo. Sólo que no lo sabía. Yo sí lo supe. Y su inocencia me provocaba más lástima todavía. En múltiples imágenes se le veía sonreír y vanagloriarse de su extraordinaria capacidad de erección, mientras algunas mujeres envidiaban la suerte de la o las que con él compartían tan “maravillosa” intimidad.

Jovanny, con quien estuve saliendo hasta la semana pasada, también pensó que la noticia era buena y que el señor en cuestión tenía motivos de sobra para sentirse afortunado por disfrutar de manera semi permanente algo que a todos los de su género les aterroriza perder en determinados momentos de sus vidas. Yo no lo podía entender porque para mí se trataba de algo similar a la sensación de sed o hambre, y no poder saciarlas por más agua o comida que se ingiriera.

Él (Jovanny) era amable, gentil, espléndido y caballeroso.

Pero no estaba de acuerdo conmigo en mis significados de la palabra “enfermedad” (alteración más o menos grave de la salud, según el diccionario de la RAE). Todavía estamos en esa fase preliminar y perfecta que precede todo tipo de relación amorosa, pero lo echó todo a perder antes de convertirse en mi compañero sentimental número 63. Una tarde, como quien hace una gracia o hace un regalo inesperado, me dijo: “Voy a averiguar qué consumió él para alcanzar ese privilegio”. Yo no podía creer lo que escuchaba. Pero “picándome” el ojo derecho y dándome una palmadita en el hombro, me confirmó, con una pregunta, lo que yo temía. “¿Qué te parece, eh?”. Y sonrió. Esa fue la última vez que lo vi sonreír. “Conmigo no cuentes”, le dije cortante. Y me encerré en mi casa, aterrorizada. Ayer me enteré que todavía anda averiguando.