Leyendas asociadas al naranjo

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Por Natalia Peralta Foto Fuente externa 

En su peregrinación anual a La Basílica de Higüey, los devotos de la Virgen de la Altagracia se topan con la imagen de un modesto naranjo plantado detrás del templo. Un árbol que permanece, que cuando se seca, es plantado de nuevo y guarda relación con la leyenda que gira en torno a la Virgen (más adelante te la contamos).

La de la Altagracia, no es la única leyenda que gira en torno al naranjo. De hecho, tanto este árbol como su fruta y su flor, tienen una larga tradición simbólica en occidente y en oriente.

En occidente

De este lado del mundo, las naranjas jugaron un papel fundamental en la mitología griega y romana.

Existen muchos relatos vinculados a las preciadas “manzanas doradas” (así se les llamaba). Entre ellos, se destaca el mito de Hércules y el jardín de las hespérides, descrito en la obra de autores como Homero y Pomponio Mela. Según cuenta la leyenda, las hespérides eran las encargadas de velar y proteger el jardín de Hera en que se hallaba un árbol cuyos frutos, las manzanas doradas, eran codiciados por todos porque daban la inmortalidad.

El dios Euristeo le encomendó a Hércules doce tareas y entre ellas, robar una manzana dorada del Jardín de las Hespérides. No fue fácil la proeza. Además de realizar un largo viaje para descubrir la ubicación del jardín, Hércules tuvo que vencer a  Ladón, un feroz dragón de cien cabezas.

Gracias a este mito, la ciudad de Sevilla tiene plantados en sus calles naranjo, en honor a su fundador mitológico. También, a partir de esta tradición grecolatina se crea el término científico “hesperidio”, que se designa un género de plantas que incluye a los cítricos.

En el mundo antiguo, las naranjas se asociaban con la bondad, la lealtad y la generosidad, llegando a entregarse como obsequio en casamientos de la nobleza. Hugh Silverman, en su libro Semiosis Cultural, plantea que las naranjas era un regalo nupcial muy común o tradicional.

En Oriente

Algo parecido ocurriría en el mundo Oriental, donde los naranjos son asociados con la felicidad y prosperidad. En el Año Nuevo chino, se entrega el fruto de este árbol para simbolizar deseos de que el nuevo año traiga prosperidad, riqueza y bienestar.

La experta en arte y cultura oriental, Terese Tse Bartholomew, en su artículo Frutas y flores para el Año Nuevo Chino, sitúa a las naranjas como símbolos de buen augurio. En Cantonese, un dialecto del chino, se utiliza la misma palabra para designar “fortuna”  y “naranja”.

Pero no solo el fruto de este árbol se lleva el crédito. El azahar, flor del naranja, a menudo decora los ramos y vestidos de las novias en las culturas orientales ya que es símbolo de pureza, castidad e inocencia.

En nuestro país

Se dice que la imagen de la Virgen fue dada por un anciano a un padre para que se la diera a su hija, que vivía en la capital. La imagen desapareció de la casa y reapareció en un naranjo. La retornaron a la casa, y volvió a aparecer en el naranjo. Según la leyenda, sobre este naranjo fue construida la basílica catedral Nuestra Señora de la Altagracia, en Higüey.

El Monseñor Ramón Benito de la Rosa y Carpio, en su artículo Origen de la Imagen y devoción Altagracia en la Isla de Santo Domingo, propone una lectura adecuada para esta leyenda:

“Un anciano misterioso, que nadie supo de donde vino y que se hizo invisible luego de su acción (es decir, Dios), regaló a un padre (es decir al pueblo dominicano) la Virgen de la Altagracia, que este padre, a su vez, entregó a su hija (es decir, a sus descendientes). El regalo (la Virgen de Dios) es milagroso: desapareció y apareció en un naranjo (es decir Dios hace maravillas a través de él). Llevado de nuevo a la casa de la familia, no se queda allí, repita su presencia en el naranjo: es decir, la Altagracia no es de una sola familia, sino de todas. Es la madre espiritual de los dominicanos, es la madre común que los acompaña, los unifica, los ama y les concede bienes (“milagras”)”.