Otra blogger excéntrica y loca

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La primera vez que tuve contacto con la palabra blog fue gracias a un libro de periodismo narrativo que me obsequiaron hace unos diez años. En él, el autor decía que todo periodista debía tener uno. ¿La razón? Los medios noticiosos nos sirven de canal educativo, una herramienta de aprendizaje y conocimiento para la audiencia. Allí debemos ser objetivos. El blog, en cambio, es una especie de columna personal, donde puedes expresar tu parecer sobre cualquier área de interés. Hoy día, casi todos los grandes nombres y empresas ya tienen espacios para los blogs en sus webs, incluso de manera independiente.

Yo aún no tengo el mío, único motivo por el cual respondo “no soy bloguera”, cuando me señalan como tal; que me llamen así, por alguna razón, me hace sentir joven. No me parece un tag ofensivo. De hecho, en una ocasión leí un informe de mercadeo de redes sociales que decía que la ventaja de los blogueros ante otras personalidades es que pueden hacer de un tema complejo, uno muy digerible para sus seguidores. No escriben con terminologías rebuscadas ni sapiencias, aunque ello no quiera decir que desconozcan o no hayan estudiado sobre el tema en cuestión. Es decir, su lenguaje es generalmente llano. Quizá el error de muchos se encuentra en perder la humildad ante la recién adquirida grandeza o el inflado ego; por pensar que porque han logrado éxito en la plataforma digital se convierten instantáneamente en mejores que otros. Recordemos que la vida evoluciona, y como dice Heidi Klum, “One day your in, the next your out” (Un día estás dentro, y al otro estás fuera).

Otro error: no querer ampliar sus conocimientos y todo lo que ejercer su oficio conlleva (redactar sin faltas ortográficas o conocer al menos parte de la historia del área sobre la que han decidido bloguear, por ejemplo) y no simplemente escribir por escribir, eso es cosa del pasado. Por su popularidad, las blogueras de moda, respecto a esto, se encuentran en el ojo del huracán.

A propósito “de” y tocando el título de este editorial, se trata de un mensaje que me dejaron en una de las fotos que subí a Instagram hace unos años, y con el que todavía mis amigas y yo nos reímos a carcajadas. En realidad no tiene nada de malo ser excéntrico. De hecho, me agradan las personas que llaman la atención por ser diferentes. En el segundo caso, quizás a ratos soy un poco loca, pero siempre pensando en las consecuencias.

Buscando una esencia más Zen, nos hemos pasado los últimos años incentivando a las recientes generaciones a creer en sí mismas, a emprender, a empoderarse (al menos mis padres, profesores y mentores lo hicieron conmigo), y cuando finalmente lo logran por medios que le han facilitado su ascenso versus a otras generaciones, les damos la espalda y los atacamos, en vez de ayudarlos en su crecimiento. Y mi respuesta al por qué, llega en el reportaje principal de esta edición (pág. 50).

El mundo está cambiando, constantemente, y con él, la forma en que nos comunicamos y la decisión de a quien elegimos para que nos transmita o nos impacte con su mensaje. Los influenciadores están en todos lados, no sólo en las redes sociales. ¿Te has visto en el espejo? No dudo que haya alguien cerca de ti en quien estés causando resiliencia, la mayor de las influencias. @AiramToribio