Machismo vs feminismo

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Por Yaneris Michel / Foto: Kalcutta

¿Por qué la lucha por ser superiores?  La redefinición de los roles de género es un tema que nos concierne a todos.

V ivimos una era muy interesante de la historia: se están gestando muchos cambios y redefiniendo estándares. Los roles de género también entran en juego, y es que no sólo estamos presenciando el desarrollo de una nueva revolución femenina, sino redefiniendo el feminismo de una manera menos excluyente para ambos sexos.

Pero, ¿puede existir el feminismo sin el machismo? Si lo pensamos bien, no, pues una ideología ha venido como consecuencia de la otra. Así, se nos hace necesario mirar al pasado para entender que lo que necesitamos entender no es cuál sexo es superior al otro, sino el punto de equilibrio donde ambos converjan sin avasallarse.

El patriarcado: una larga historia

El machismo es una manera de categorizar las manifestaciones más opresivas de la cultura patriarcal o era del patriarcado. Una cultura que ha predominado durante siglos en casi todas las sociedades y comunidades del mundo.

“El patriarcado viene de lejos”, dice la autora Mabel Burin en su libro La crisis del patriarcado. “Viene de tan lejos que su origen se confunde con el origen de la humanidad”. Para Burin, sus cimientos se establecen desde tiempos antiguos en los que las diferentes sociedades han dado al hombre el exclusivo rol de proveedor del hogar, procurador de alimentos y de los instrumentos de trabajo necesarios para producir; y a la mujer, el de administradora de tales bienes domésticos. Hasta ahí, transcurría armoniosamente, pero con la conciencia de las riquezas y la “propiedad privada”, el hombre asumió que su poder de proveer riquezas, no se comparaba con “la labor de la mujer” en la casa.

“La propiedad privada operó, entonces, como brecha en la constitución gentilicia; grieta por donde se filtró el dominio masculino y su precedencia sobre los derechos de las mujeres, de modo tal que una mujer dotada de riquezas perdía sus bienes en el mismo momento en que unía su vida a un varón”, explica la autora en el mismo libro.

El concepto de la existencia de un sexo fuerte, asociado a los hombres, versus un sexo débil, atribuido a las mujeres, representa el afán de dominación social ejercido sobre éstas.

El patriarcado está asociado a la idea de autoridad y de esta manera domina a la sociedad en diferentes ámbitos, como los de la producción, el consumo y el derecho”, dice F. Javier García Castaño, en el libro Educación, Integración o exclusión de la diversidad cultural. “El patriarcado no sólo está presente en las relaciones interpersonales sino también en las institucionales”, añade el autor, que a su vez sugiere que la permanencia de éste es motivo de tantos casos de violencia de género que se ven hoy día. “Los hombres conforman un grupo interesado en proteger sus intereses, mientras que las mujeres se sitúan en un grupo más pro cambio. Los miembros del grupo dominador llegan a usar la violencia (no necesariamente física) y la intimidación para mantener ese dominio, sintiendo que esta actitud está completamente justificada y autorizada por la sociedad”.

“Meninist” o el hombre feminista

Hay quienes proponen este término para referirse al hombre que apoya los principios de igualdad del movimiento feminista.

Como contraparte está el feminismo. Muchos movimientos sociales han sido promovidos por importantes figuras femeninas, sin embargo, esto no ha logrado un cambio definitivo en el estatus quo de las instituciones y sistemas sociales que perduran aún en nuestra cultura occidental.

“Si bien hubo muchas mujeres que se pasearon por la esfera pública, se incorporaron en el mercado de trabajo remunerado y lucharon codo a codo junto a los varones en esos períodos candentes de la Historia, desde la Grecia antigua hasta nuestra era, pasando por las tribulaciones de la Revolución Francesa, hasta llegar a las reivindicaciones contemporáneas, casi siempre, una vez consolidado el nuevo sistema, todo revierte a la situación anterior. Olympie de Gouges, fue un ejemplo de ello. Redactó la Declaración de Derechos de la Mujer Ciudadana, en 1791, durante la Revolución Francesa, pero haber creído que el lema de dicha revolución incluía también a las mujeres le costó la cabeza”, cuenta Mabel Burin en La Crisis del Patriarcado.

La emancipación de la mujer, el feminismo, o la llamada “Revolución Femenina” no ha sido un hecho histórico definitivo, sino un proceso de cambios que se han dado paulatinamente a lo largo de la historia mediante los cuales la mujer ha logrado reivindicaciones en el plano legal, político, profesional, social, familiar y personal, que tradicionalmente se le habían negado.

Dar una clase de historia al respecto en este artículo sería mucho hablar, pero hechos que van desde la participación de la mujer en la ya mencionada Revolución Francesa, su inserción al trabajo y su rol al frente del hogar tras la Primera y Segunda Guerra Mundial, el logro del derecho al voto, el surgimiento de la píldora anticonceptiva y su presencia en importantes cargos ejecutivos y políticos, han dado a la mujer occidental de hoy una vida extremadamente diferente a la que vivía hace apenas 40 años. ¡Y ni hablar de su situación hace unos 100!

Desde finales del siglo XX, y con la motivación de la Organización General de las Naciones Unidas (ONU), muchos países están asumiendo políticas activas para promover la igualdad de derechos de hombres y mujeres en todos los ámbitos.

Hoy en día existe una aceptación de la mujer como profesional en toda clase de puestos de trabajo, la mujer ha aumentado su poder adquisitivo y su patrimonio mediante el trabajo y la especialización, y existen hombres más dispuestos a compartir los quehaceres del hogar y reducir la discriminación en los roles de género.

Lamentablemente, el feminismo ha estado muy marcado por posturas polémicas y diferencias de opiniones entre las mismas mujeres. La famosa Wikipedia, cita que existen varias modalidades de feminismo: cultural, liberal, radical, de la diferencia, de la igualdad, marxista, socialista, separatista, filosófico, islámico, lésbico, ecofeminismo, anarcofeminismo… y quién sabe cuántos más.

Las irreconciliables diferencias entre quienes abogan por uno u otro provocan que los verdaderos cambios sociales se retrasen. Sin embargo, durante la última década, la ONU ha propuesto redefinir el feminismo con una conceptualización que ha de ser asumida tanto por mujeres como por hombres.

En el 2014, su campaña “He For She” (Él por Ella) hizo un poderoso llamado a acabar con la inequidad de género. La misma propuso terminar con la idea de que el feminismo equivale a “odiar al género masculino”. “Pueden odiar la palabra ‘feminismo’, pero no es la palabra lo importante, sino las ideas y la ambición detrás, porque no todas las mujeres en el mundo han tenido las mismas oportunidades que yo. De hecho, estadísticamente, muy pocas las han tenido”, dijo la actriz Emma Watson, en el discurso inaugural de dicha campaña.

El nuevo concepto de feminismo propone un verdadero llamado a la igualdad de derechos en todos los sentidos, a educar a niñas que se atrevan a dirigir grupos de niños sin ser catalogadas de “mandonas”, a educar a niños que puedan expresar sus sentimientos y hasta llorar, sin ser catalogados de pusilánimes. Que las mujeres reciban el mismo salario que los hombres en trabajos de iguales condiciones. Que las mujeres tengan igual participación en los puestos políticos y en los asuntos de toma de decisión. Que la presencia del padre en la educación de los hijos sea considerada igualmente importante que la de la madre y que éstos tengan los mismos derechos de participar en la educación de sus hijos. Y así muchas otras ideas que afectan no sólo a las mujeres, sino mucho más a los hombres.

Educar para la igualdad

“La gran paradoja de la cultura patriarcal es que las formas dañinas de masculinidad dentro de una sociedad dominada por los hombres son perjudiciales no sólo para las mujeres sino también para ellos mismos”, dijo el escritor Michael Kaufman en 1997.

La idea de que los hombres deben ser los fuertes, disimular sus sentimientos y no demostrar sensibilidad es una de las causas número uno de depresión masculina. Esa represión de sus sentimientos los hace a veces incapaces de expresarlos y esto se puede convertir en frustraciones de diversos tipos. En ocasiones se convierten en formas de violencia de las cuáles son víctimas sus parejas y  seres queridos.

“La predominancia del machismo o el feminismo radical afectan muchísimo a la pareja pues se vive una pugna de poder, un querer tener la razón, pensar que las cosas tienen que ser como ‘Yo’ digo, por mi género”, dice nuestra columnista, la doctora Ana Simó, psicóloga y terapeuta sexual con especialidad en Terapia Familiar y de Parejas.

La cultura envuelve los géneros en una especie de círculo vicioso que afecta a ambos. “Todo en la vida debe tener un equilibrio, donde los roles no sean impuestos, mas bien negociados, y que esas expectativas de lo que se espera por ser hombre y mujer sean erradicadas. Los roles radicales, lo único que logran es la pérdida muchas veces de la misma identidad y un querer encajar en dinámicas tóxicas”, añade Simó.

Los hombres también son víctimas de los estereotipos. “Si ellos no tuvieran que ser agresivos para ser aceptados, las mujeres no estarían llamadas a ser sumisas. Si los hombres no sintieran tanta necesidad de controlar, las mujeres no tendrían por qué ser controladas. Tanto los hombres como las mujeres deberían sentirse libres para mostrarse fuertes, y ambos deberían sentirse libres también para mostrarse sensibles”, dijo Emma Watson la noche del 20 de septiembre del 2014, como embajadora de la campaña “He For She”, de la ONU.

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Y es que la discriminación de género no sólo tiene como consecuencia la restricción y la desigualdad de oportunidades, sino también la violencia. “La violencia que sufre la mujer es un reflejo de la discriminación y la opresión, y las relaciones de poder que se producen entre hombres y mujeres. Esta tiene diversas formas: física, económica o psicológica, incluyendo agresiones a la libertad sexual, amenazas, coacciones o privación arbitraria de la libertad”, dice F. Javier García Castaño en su libro Educación, integración o exclusión de la diversidad cultural.

El maltrato a la mujer es una conducta ideológica aprendida, añade el autor. Por lo que la igualdad de género y el respeto al otro debe inculcarse en niños y niñas por igual para lograr un mundo en el que se manifieste realmente la equidad.

Los extremos más que nada, afectan a los hijos que no se educan en un ambiente saludable y siguen propagando dinámicas dañinas en sus relaciones interpersonales y profesionales. “Los niños repetirán el aprendizaje adquirido en casa, donde muchos pisan por entender que son los ‘machos’ y la sumisión sigue siendo parte de la dinámica en las hembras. Para cambiar esto debemos criar en equidad, respeto y consideración”, advierte Simó.

Para educar hijos que asuman conceptos saludables de igualdad de género, la especialista recomienda educar con el ejemplo. “Los padres deben ser los primeros en aplicarlos y respetarlos. La idea no es ser competidores, sino respetar cada género y entender que nadie está por encima del otro”.

Abanderados del feminismo por igual

“Quiero que los hombres asuman esta causa para que sus hijas, sus hermanas y sus madres sean liberadas de prejuicios y que sus hijos tengan permiso de ser vulnerables y humanos también, y que siéndolo sean una versión real y completa de sí mismos”. Emma Watson, durante el lanzamiento de la campaña #HeforShe de la ONU.

 

“No entiendo la connotación negativa de la palabra feminismo, o por qué debería excluir al sexo opuesto. Si eres un hombre que cree que su hija debería tener las mismas oportunidades y derechos que su hijo, entonces eres un feminista. Necesitamos que los hombres y mujeres entiendan la doble moral que todavía existe en este mundo, y necesitamos tener una conversación real al respecto para que comencemos a hacer cambios”. – Beyonce, en una entrevista para Elle (Mayo 2016).

“Los extremistas tienen miedo de los libros y lápices, el poder de la educación les asusta. Tienen miedo a las mujeres. No quiero venganza de los Talibanes, quiero educación para sus hijos e hijas”. Malala Yousafzai, la persona más joven en obtener un Premio Nobel de la Paz (2013) por defender el derecho a la educación de las niñas.

“El feminismo no es más que igualdad, y de hecho, el feminismo beneficia a los hombres porque nos libera de muchos estigmas impuestos sobre nosotros por la cultura machista. Si más de nosotros entendemos esto, pienso que muchos avances en términos de igualdad se hubieran dado más rápido y nos ayudaría mucho también”.- el actor Edgar Ramírez, en una entrevista para el Huffington Post (2015) sobre su papel en la película Joy.